El dogma de la Inmaculada Concepción

Aunque los santos y doctores de la Iglesia han escrito sobre la Inmaculada Concepción de María por siglos, la enseñanza no se convirtió en un dogma oficial hasta el año 1854. El 8 de diciembre de ese año, el Papa Pio IX lo declaró en un documento titulado Ineffabilis Deus, o “El Dios inefable”.

En dicho documento, el Papa escribió sobre la larga historia de la creencia de la Iglesia que María no tenía mancha de pecado original. Esta creencia, remarcó el Pío IX, ha sido expresada en los escritos de los papas y santos, así como también en el culto de la Iglesia y en sus oraciones. El Papa también remarcó que este dogma se basa en tres pasajes de la Biblia. Cada uno de estos pasajes nos ofrece información sobre la Inmaculada Concepción de María, y cuando analizamos a través del prisma de las enseñanzas de la Iglesia sobre la Inmaculada Concepción, podemos ver con mayor profundidad el misterio del plan de Dios.

Gen 3, 15: El primer evangelio en el Jardín del Edén.

Lc. 1, 26-38: La anunciación.

Ap. 11, 19 – 12, 10: La visión de la mujer vestida del sol.

El primer evangelio en el Jardín del Edén

“Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón” Gen. 3, 15  Cuando Dios castigó a Adán y Eva, Él también proclamó lo que los Padres de la Iglesia llamaban “el proto evangelio” o el “primer Evangelio” Esencialmente, este primer evangelio es el anuncio inaugural de la salvación del mundo, que vendrá de una mujer y su descendencia. En este primer evangelio, Dios promete que habría una perpetua enemistad entre la mujer y la serpiente. Él también prometió que esta enemistad culminaría con el aplastar la cabeza de la serpiente por la descendencia de la mujer.

Enemistad no significa aversión mutua ni falta de confianza mutua, sino que significa odio mutuo, significa el total y absoluto antagonismo entre dos partes. En otras partes del Antiguo Testamento, la palabra hebrea traducida como “enemistad” implica una rivalidad mortal en la que una de las partes desea y generalmente busca la muerte del otro.

Algunos ejemplos: o “O si por enemistad lo hirió a golpes de puño hasta matarlo, el agresor será castigado con la muerte: es un asesino, y el vengador del homicidio lo matará apenas lo encuentre” Num. 35, 21 

“Así habla el Señor: Porque los filisteos han obrado por venganza y se han vengado con profundo desprecio, por el afán de destruir, a causa de una antigua enemistad” Ez. 25, 15 “Porque has mantenido una antigua enemistad y has entregado a los israelitas al filo de la espada, en el día de su desastre, en el día de la expiación final” Ez. 35, 5 

Si la semilla de la mujer es Jesús, entonces María es la mujer, y en el pasaje del Génesis, la enemistad entre la mujer y la serpiente, es idéntica a la que se da entre sus respectivas descendencias. Dios dijo: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón” Gen. 3, 15

María y Jesús comparten la misma oposición total y absoluta con la serpiente. La misma enemistad. Por eso la mujer y su descendencia, María y Jesús, están en guerra con la serpiente en Apocalipsis 12. Hay una clara conexión entre Gen 3, 15 y el dogma de la Inmaculada Concepción de María, pero hay algunas piezas más del rompecabezas para ver esta conexión. Es Dios quien establece la enemistad. “(Yo) Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo”; por tanto, esta enemistad no es una aversión natural. Es una oposición creada divinamente, algo que Dios estableció por todos los tiempos.

Es importante entender que esta enemistad es doble: entre la serpiente y la mujer y entre la descendencia de la serpiente y la descendencia de la mujer. En hebreo, la palabra “descendencia” significa literalmente: “semilla”. En la Biblia muchas veces se usa esta palabra hebrea para referirse a la semilla de plantas, a los hijos de alguien y a los descendientes de una persona o una raza. De vez en cuando, la palabra se usa con un sentido moral, como cuando el salmista habla de los “hijos de los malvados” o como cuando el profeta Isaías habla de la “la descendencia de los malvados, hijos corrompidos”.

La semilla de la que habla el libro del Génesis no es una semilla ordinaria. Tiene una tarea específica: aplastar la cabeza de la serpiente, es decir, matarla. Después que Dios promete un redentor que aplastará a esta serpiente, le dice a Adán y Eva cuál será su castigo: “Y el Señor Dios dijo a la mujer: Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará. Y dijo al hombre:

“Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!” Gen. 3, 16-19

Ese castigo, desafortunadamente no solo es para Adán y Eva, sino para todos nosotros, ya que Eva es descrita como la madre de todos los vivientes. Por ser la primera madre de la raza humana, ella transmitió su pecado y el pecado de Adán a toda la humanidad, a todos sus descendientes: “El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes” Gen. 3, 20 o Su pecado es una parte heredada de la naturaleza humana: “Yo soy culpable desde que nací; pecador me concibió mi madre” Sal. 51, 7 ¡Esto puede decirse de todos nosotros!

No solo compartimos el pecado de Adán y Eva, sino que también compartimos las consecuencias y eso significa que todos los humanos estamos bajo el poder de la muerte: “Por lo tanto, por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” Rom. 5, 12  El proto evangelio también parece presagiar al menos dos personas: la mujer y su descendencia, a quienes no se les aplicarán esas palabras del libro de Romanos.

Estas dos personas no serán concebidas bajo el mando de la serpiente ni de las consecuencias del engaño de la serpiente. La enemistad entre la serpiente y la mujer, será puesta por Dios. Como el mismo Dios pone la enemistad, no es aversión, ni desconfianza, sino enemistad, por lo tanto, la mujer y la serpiente se enfrentarán en una rivalidad mortal. Entre ambas, habrá absoluta hostilidad, un odio que conlleva una lucha hasta la muerte.

¿Cómo será posible que María viviera en absoluta oposición a la serpiente y al mismo tiempo estar bajo su dominio? ¡Es imposible! Si María hubiese sido concebida con el pecado original, no existiría esa perpetua enemistad prometida por Dios entre la mujer y la serpiente y el demonio ya habría triunfado, pues María habría estado bajo su dominio y la promesa de Dios hubiese sido falsa, pero como Dios no hace falsas promesas y María es claramente la madre de quien aplasta a Satanás, la mujer prometida al mundo cuando el hombre cayó, ella tiene que haber nacido fuera del dominio de Satanás, al igual que su Hijo.

Sin pecado concebida

Hay dos pasajes claves en las Escrituras que nos permiten entender que Jesús y María fueron concebidos sin pecado. Por nuestra salvación, Dios multiplicó la gracia: “Es verdad que la Ley entró para que se multiplicaran las transgresiones, pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” Rom. 5, 20  A Jesús, quien no conoció pecado, Dios lo hizo reo de pecado por nosotros para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en justicia de Dios: “A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él” 2ª Cor. 5, 21

Si la semilla de la mujer, Jesús, no conocía pecado, ¿cómo podría su madre haberlo conocido? La respuesta es simple: ¡ella no lo hizo! María tuvo que haber sido concebida libre de pecado. Esa es la única forma en la que la promesa de enemistad de Dios entre la mujer y la serpiente, pueda tener sentido. Esa es la forma en que la Iglesia, tanto en el pasado como en la actualidad, ha interpretado ese pasaje.

En una de las catequesis de los miércoles, el Papa San Juan Pablo II explicó: “La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora” San Juan Pablo II, 29 de mayo de 1996, Catequesis sobre la Inmaculada Concepción.

Los pasajes de Génesis 3, 15 y Apocalipsis 12 ofrecen un buen fundamento bíblico de las enseñanzas de la Iglesia sobre la Inmaculada Concepción de María.

La Anunciación

El pasaje de la Anunciación en el Evangelio de Lucas nos da luz sobre la Inmaculada Concepción de María: “El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo»” Lc. 1, 28  El primer versículo de ese relato fundamenta el hecho de que María es libre de pecado. Este saludo no puede encontrarse en ninguna otra parte de las Sagradas Escrituras. La palabra traducida como: “llena de gracia”, es kecharitomene en griego, una forma del verbo charitoo. Ese verbo es una palabra muy rara en la Biblia, y solamente es usada en la Anunciación y en la carta de Pablo a los Efesios, siendo que, en cada caso, el verbo indica una acción que causa algún tipo de efecto sobre el objeto del verbo.

En Efesios, Pablo usa la palabra para describir cómo la gracia de Dios causa una transformación en nosotros: “Para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En él hemos sido redimidos por su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia” Ef. 1, 6-7  La palabra es parte del pasaje que relata como Dios nos otorgó o confirió su gracia a través de Jesús. El carácter de esta gracia, el charitoo, es la gracia santificante. Es el tipo de gracia que recibimos a través de los sacramentos, y nos lleva a la santidad; da el perdón de los pecados y nos convierte verdaderamente en sus hijos e hijas adoptivos.

En Lucas, el término se usa en el pretérito perfecto, lo que significa que Gabriel ya encuentra a María en estado de gracia. Ella está “llena de gracia”. El pretérito perfecto de este verbo en el saludo del ángel, implica que María ya había sido favorecida por el regalo de la gracia de Dios. Ella ya se encontraba en estado de gracia y continúa estado “llena de gracia”.

Para finalizar:

Da gracias a Dios por habernos dado a María. (Hazlo con tus propias palabras)

Medita un momento la vida de María, y en cómo nunca dejó de confiar en Dios a pesar de los momentos tan difíciles que pasó. Medita también en la Consagración: ¡Vas a ser esclavo de María!

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…

En el en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!

Comparte con nosotros tus comentarios.