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BIENVENIDA E INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos, ¡bienvenidos a la Santa Octava de Consagración a Dios Padre!

Esta consagración implica ocho días de oración, lecturas bíblicas, meditación, participación en la Santa Misa, el Sacramento de la Reconciliación y un compromiso formal con Dios de nuestra parte.

El rechazo de Dios como nuestro Padre.

Vivimos en tiempos muy confusos. Nuestros enemigos del alma: que son el mundo, el demonio y la carne, están tratando de alejarnos cada vez con más fuerza de nuestro camino hacia Dios.

Desde hace ya muchas décadas hemos estado abrumados insistentemente con ideologías que poco a poco han comenzado a formar parte de nuestras vidas, hasta ver lo que proponen como algo “normal” y deseable.

Hoy, la representación de un padre terrenal está atravesando una gran crisis, hasta el punto de que, para muchas personas, un papá no tiene la menor importancia en nuestra vida.

Una de las ideologías que nos lleva cada vez más lejos de Dios nuestro Padre, es la devaluación total de la figura del padre, logrando que, para muchas personas de diferentes culturas, la paternidad se convierta, bajo todas sus formas, en una opresión insoportable, y la figura paterna debe ser eliminada.

Para los impulsores de estas ideologías, ser libres significa descartar lo más posible al padre de familia, al maestro, al ministro religioso, y por supuesto, a Dios como Padre, ya que este rechazo del padre, quien representa la autoridad por excelencia, conlleva lógicamente el rechazo de ver al mismo Dios como Padre.

En la actualidad, algunos padres tienen dificultades para identificarse como padres porque, o no conocieron a sus padres o tuvieron una experiencia mala como hijos. Como consecuencia de esta infiltración ideológica, en muchas culturas los padres han renunciado a ejercer su autoridad paterna.
Un número creciente de varones ha desertado de sus deberes, tanto de esposos, como de padres, dando como resultado cada vez más varones ausentes, abusadores, incapaces de asumir su misión que Dios les ha dado; y, por tanto, ya los hijos no tienen padre que los guíe con mano firme y quedan abandonados por quien deben protegerlos y llevarlos a la santidad.

La ausencia del padre, ya sea física o simplemente psíquica, puede tener efectos devastadores sobre los muchachos, incluyendo problemas de salud serios, y ello, a pesar de los esfuerzos de las madres en estos casos para compensar las carencias. Necesitamos darnos cuenta de que el padre también juega un papel crítico en el desarrollo sano del bebé: es signo de autoridad y ley, de protección y estímulo para desarrollarse.

Sabemos que muchos de los problemas actuales en niños, adolescentes y jóvenes tienen su origen en una falta de atención por parte de sus progenitores, en especial de sus padres. Un joven sin el control de un padre que haya sabido transmitirle los límites y autocontroles, está mucho más inclinado a la violencia.

Los niños que cuentan con la figura paterna tienen una mayor capacidad de aprendizaje, mayor autoestima y no presentan tantos rasgos de depresión como los niños que carecen de ella. Todo esto lleva también a los peligros de los hijos que buscan llenar ese vacío de su corazón de distintas maneras, unas más peligrosas que otras.

Para que nosotros como hijos podamos volver a aceptar en nuestro corazón la figura que Dios puso como nuestra guía hacia la santidad, y para que los padres acepten también con compromiso incondicional la misión especial que Dios les ha encomendado, necesitamos recibir la gracia especial de la paternidad de Dios.

Es hora de que volvamos, como el hijo pródigo, a los brazos de Dios Padre: «Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó» (Lc. 15, 20)

Al regresar a Casa de nuestro Padre, le estamos ofreciendo nuestro «Fiat» incondicional, como lo hicieron Jesús y María.

La Santa Octava de Consagración a Dios Nuestro Padre, es necesaria en estos tiempos, pues nos brinda la oportunidad de honrar a Dios Nuestro Padre, de ofrecerle nuestro “Fiat”, y de consagrarnos (es decir, entregarnos a Él).

El papel de Jesús, María y el Espíritu Santo en nuestro regreso al Padre.

Nuestro regreso a la Casa de nuestro Padre Celestial es un proceso que comienza con nuestra Madre María. Ella nos guía con amor a su Hijo, y Él misericordiosamente nos levanta en su Cruz para nuestro Padre. El Espíritu Santo nos purifica y nos consuela durante este viaje a casa. Podemos entonces ver nuestro camino espiritual como un proceso que nos lleva a través de María a Jesús, en unión con el Espíritu Santo, de regreso a Dios Nuestro Padre. ¡Esa es la razón de nuestra
existencia! La humanidad fue creada únicamente con el propósito de regresar a su Creador, Dios Nuestro Padre.

¡El triunfo del Inmaculado Corazón de María consiste en restaurar nuestra relación con Dios Nuestro Padre!

¿Por qué una octava? Esta consagración consiste en ocho días, no en treinta y tres, en doce o en nueve como muchas otras consagraciones.

¿Porqué ocho días?
El número «ocho» tiene una connotación especial en las Sagradas Escrituras. Desde el Libro del Génesis hasta los Evangelios y las Epístolas, el ocho aparece especialmente en eventos que tienen que ver con Dios nuestro Padre, significando salvación, pacto, purificación y consagración, y se utiliza para indicar el final de una era y el comienzo de otra en la que Dios se revela, se manifiesta y se hace presente a sus hijos de una manera nueva.


EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

EN EL NUEVO TESTAMENTO


Como la Fiesta de los Tabernáculos y la Fiesta de la Dedicación duraban ocho días, la Sagrada Escritura nos proporciona un modelo para honrar y consagrarnos a Dios Nuestro Padre durante ocho días. Ambas fiestas de ocho días involucraron siete días de preparación y un octavo día solemne: día de oración y asamblea. Jesús explica además que Él se consagró a sí mismo a nuestro Padre, para que nosotros también pudiéramos ser consagrados en la verdad: «Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como Tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo.

Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste» (Jn. 17, 17-21)

¡Nosotros también ahora nos consagramos a Dios nuestro Padre durante una fiesta de ocho días! Nuestra Octava de Consagración representa un proceso que lleva un orden, e implica un cambio en nuestra vida. Al igual que las Fiestas de ocho días de la Biblia, nuestra consagración involucra siete días de alabanza, acción de gracias, ofrenda y arrepentimiento, seguidos por un octavo día de solemnidad y entrega total como hijos de Dios.


INSTRUCCIONES PARA LA CONSAGRACIÓN
La consagración a Dios Padre puede hacerse en cualquier momento del año, apartando un período de ocho días, de los cuales son de preparación y al octavo día se lleva a cabo la consagración. En este documento podrán encontrar fechas propuestas para hacer o renovar la consagración, sin embargo, se sugiere que se haga y se renueve formalmente cada año el primer domingo de agosto y que todos los días renovemos nuestra consagración rezando la Coronilla Simple a Dios Padre, que encontrarán aquí, y en las redes de Cielo abierto. Además, la Coronilla Simple a Dios Padre se puede acompañar con la breve oración: «Te amo Padre, y me entrego a Ti», la cual se recita a lo largo del día para ayudarnos a vivir más plenamente nuestra consagración.

Hay dos versiones de la Coronilla de Consagración, y, por tanto, proponemos dos tipos de consagración: la consagración formal, que es la recomendada, y la consagración simple, la cual es un poco más corta, pero nos llevará de igual manera al Corazón de Dios Padre.

Con respecto a la preparación diaria, se ha seleccionado un tema tomado de la Sagrada Escritura para cada uno de los ocho días de la consagración:

  1. Alabanza.
  2. Acción de gracias.
  3. Ofrenda.
  4. Arrepentimiento.
  5. Herencia (reconociendo que Dios es verdaderamente nuestro Padre y somos verdaderamente sus hijos).
  6. Fiat (es decir, nuestro «Sí» incondicional a la Voluntad de Dios Nuestro Padre).
  7. Fidelidad.
  8. Consagración.

Durante estos ocho días debemos meditar sobre el tema diario seleccionado, leer de las Escrituras y hacer las oraciones propuestas. Además, tendremos la Coronilla a Dios Padre y en la Consagración Formal tendremos las Letanías que le acompañan.

Se recomienda también, de ser posible, la Misa diaria (o por lo menos, el día de la consagración) y el Sacramento de la Reconciliación en algún momento durante este período de ocho días.

Con respecto a la Coronilla de Consagración a Dios Padre, podemos ver que está formada por 75 cuentas: 11 doradas y 64 rojas.

Las cuentas doradas significan nuestra preciosa meta, el Tesoro Divino: Dios Nuestro Padre.

Las cuentas rojas significan la Sangre de Jesucristo que nos permite volver a Dios Nuestro Padre.
El círculo de cuentas está diseñado con octavas mayores (ocho cuentas doradas), cada una con su propia octava menor (ocho cuentas rojas).

Los ocho temas principales de nuestro camino como hijos pródigos de Dios Nuestro Padre son meditadas en las ocho cuentas doradas de la Octava Mayor y los ocho temas diarios de la consagración se recitan en las ocho cuentas rojas de octava menor.

La letanía para Dios Nuestro Padre fue compuesta específicamente para la Santa Octava de Consagración. Enumera los pasajes principales de las Sagradas Escrituras que citan la octava o el número «ocho» como símbolo de consagración a Dios.

Ha existido desde hace muchos años una propuesta para que el Primer Domingo del mes de Agosto sea nombrado como la Fiesta del Padre de Toda la Humanidad. Mientras esperamos el momento en que nuestra Iglesia lo haga oficial, muchos obispos, sacerdotes y laicos dedican ese Domingo de manera especial a Dios, para reconocer públicamente que Él es verdaderamente nuestro Padre y nosotros verdaderamente sus hijos, ofreciéndole nuestro «Fiat» incondicional, y consagrándonos a Él totalmente.

Pedimos a María nuestra Madre, a Jesús nuestro Dios y Salvador, y al Espíritu Santo, nuestro Dios y Santificador, que nos guíen y preparen en estos días, para que, a través de nuestra consagración total, podamos convertirnos en templos vivientes de la Presencia de Dios que mora en nosotros.

Pedimos también a Dios Nuestro Padre, que nos permita cultivar y tener una estrecha e íntima relación con Él, que tenga misericordia de todos sus hijos, pasados, presentes y futuros, que traiga su paz al mundo, que reúna a todos sus hijos a Sí mismo, y que su Reino venga pronto. ¡Amén!

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