Jesús se entregó como sacrificio perfecto para el bien de su pueblo realizando así el desapego que éste tenía con falsos ídolos, de esta forma Cristo redimió al mundo entero de sus pecados.

Para la realización de un sacrificio se necesita una víctima agradable a Dios y un sacerdote que lo ofrezca: Jesús es el Sumo y Eterno Sacerdote Celestial y al mismo tiempo el Cordero de Dios que se ofrece como víctima para la salvación de la humanidad.

“Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre”.

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