Cada 2 de febrero la Iglesia Universal celebra la presentación del Señor en el Templo. 

Según la antigua costumbre del pueblo de Israel, todo primogénito debía de ser llevado al templo después de cuarenta días de haber nacido. Así lo hicieron José y María, padres de Jesús; cumpliendo con la ley de Moisés en ese tiempo.

Al llegar al templo, la Sagrada Familia se encontró con Simeón, anciano que anhelaba ver al salvador del mundo; al cual el Espíritu Santo prometió que no moriría sin antes verlo; fue ese mismo anciano quien profetizó que Jesús sería el redentor y salvador del mundo.

Aquel día, también se encontraba Ana, una mujer de edad avanzada, viuda desde muy joven; se dedicaba a Adorar a Dios en el templo, realizaba ayunos y oraciones; al ver al niño en brazos de sus padres de inmediato lo reconoció y empezó a proclamar a todos los que esperaban la redención de Jerusalén que la salvación había llegado.

¡Jesús se presenta a su pueblo! 

Al presentar al primogénito de Dios en el templo, se manifiesta la humildad de Jesús para su pueblo.

Jesús se hizo hombre para enseñarnos que las pruebas pueden ser vencidas con la ayuda de su Padre que está en el Cielo, es brindar alegría al corazón y esperanza para su pueblo que somos todos nosotros.

Dios desea que todos los días de nuestra vida lo reconozcamos como la principal fuente de amor, que tengamos una intimidad personal con Él y nos deja de ejemplo a ese anciano que por mucho tiempo espero por ver su rostro, así mismo; Jesús quiere que tengamos un encuentro cara a cara, que contemplemos sus maravillas, que dispongamos el alma a su voluntad y realicemos juntos el propósito que tenemos en la tierra.

Por otro lado, Ana nos enseña su fidelidad a Dios aún después de quedar viuda; no se quedó sin hacer nada, por el contrario dedicó su vida al servicio en el templo, a la Adoración, oración y enseñanza de la palabra del Señor.

Nos muestra que siempre hay nuevos inicios y en Cristo se pueden realizar, Él lo hace todo nuevo y perfecto; cuando el alma es noble ésta sabe reconocer la voz de Dios, su presencia real a través del Espíritu Santo y es en ese momento cuando sus gracias se derraman para ser testigo fiel de su palabra, para poder manifestar sus grandezas, dar esperanza a los demás, hablar y ser fieles testigos de quien todo lo ha hecho.

Por su parte, José y María nos sostienen con su ternura a través de su intercesión, ambos nos entregan su amor paternal y maternal, son ayuda idónea y fortaleza para nuestra alma.

Reflexiona el pasaje de la presentación del Señor, entra en oración profunda con Dios y pídele que te muestre lo que Él quiere de ti y para tu vida; que impregne con su amor todos los vacíos de tu corazón y que puedas reconocerlo como tu salvador. 

Dile: “Niñito Dios, Tú eres Santo; preséntate en mi vida junto con tu Sagrada Familia, así como lo hiciste en el templo; llena con tu gloria mi vida, recibe mi Adoración”.