Para vaciarnos de nosotros mismos y llenarnos de Dios, debemos morir todos los días, renunciando a lo que queremos y pensando qué es mejor para nosotros en nuestra vida.

No podemos perder la meta: ¡ser santos! Si mi vida espiritual no me lleva a morir diariamente a mí mismo, el bien que hago queda manchado por el amor propio, y la voluntad propia, es decir, no hay un amor de verdad a Dios, ni a los demás.

María nos ayuda a tener poco a poco, día a día, para lograr esta muerte propia, porque ella misma moría todos los días a lo que quería.

“María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”. (Lc. 2, 19)

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