En nuestra consagración es el último día dedicado al conocimiento sobre nosotros mismos. Debemos reflexionar que, aunque hace muchos años que estás en el camino de Dios, puede ser que todavía te avergüences de Jesús. Él nació pobre, vivió para los demás y murió humillado.

Quien va de camino a la santidad, acepta todo lo que Dios permite para él y lo lleva muy bien, en cambio el mediocre tiene angustia sobre angustia, no tiene paz ni alegría en su corazón, porque lo que sea lo descontenta. Puede llegarnos el momento en que lleguemos al punto de no encontrar consuelo en nada, entonces lo comenzamos a buscar sólo en Dios y aprendemos a estar contentos con lo que sea que nos sucede. Este es un signo de gran entrega a Dios (santidad).

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